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    December 30

    Libres e Independientes

    (Publicado en Diario El Ancasti el día 14 de Julio de 2007)

     

                   Aceptémoslo: Tres años nos separan del Bicentenario de la Revolución, y nueve del Bicentenario Independista. Solo un puñado de años para fechas con tanta historia. Pero hoy la Argentina sigue estando más cerca del siglo XIX que del XXI.

                   El próximo 9 de julio, la mirada de aquellos hombres a quienes veneramos como padres fundadores volverá a buscar nuestros ojos. ¿Que ha sido de nosotros?, preguntarán, ¿Qué ha sido de nosotros en ustedes, más allá de la efemérides y los desfiles, mas allá de los mausoleos y la retórica? ¿Qué ha sido de nosotros en la vida cotidiana de la gente? Pero lo más importante: ¿Qué pasó con el espíritu revolucionario? ¿Dónde quedó la Nación libre e independiente de los reyes de España y su Metrópoli? Me atrevo a responder: Al menos nos sacamos de encima al pesado de Fernando VII y cada tanto hacemos una mini revolución, aunque parezca berrinche y aunque ahora las grandes gestas se limiten a buscar aumentos salariales. Cambiamos enarbolar la enseña patria para que flamee victoriosa en el viento de la emancipación, por el izamiento de bandera apurado antes de que llueva o corra viento. Cambiamos la arenga de los grandes líderes nerviosos hasta la médula por el combate próximo, por los discursos de los legisladores defendiendo la dieta nerviosos por lo tarde de la hora. Cambiamos actos de heroísmo puro dejando la vida por la tierra, por actos patrios aburridos dejando papelitos de chupetín bajo la suela. Cambiamos un noble asmático cruzando cordilleras en pro de la libertad, por un resfriado suspendiendo aulas en pro del feriado. Cambiamos propuesta por protesta, y nos disgusta casi todo. El disgustado ignorante o sabio, honesto o deshonesto, barre elocuentemente con todo desde algún lugar que lo excluye de la vergüenza propia. Le molesta la política, pero come de ella. Lo deprime el mercado, pero adora el consumo. Lo entristecen los pobres, pero no daría un centavo con tal de no perder su hábitat confortable. Lo indignan los ricos así como el trabajo que da llegar a serlo.

                   En verdad que padecimos importantes crisis, y sus incontables náufragos siguen procreándose como víctimas por generaciones. Hay pobres que ya llevan como un siglo de pobres en su cronología de familia. Así como hay políticos que llevan como un siglo de ricos en igual estadística.

    Incluso gobernar se convirtió entre nosotros en el arte de excluir. La mesa de diálogo, ante la que Mitre y Urquiza supieron sentarse con lúcido hartazgo de tanta beligerancia, sigue aguardando a sus nuevos interlocutores. Hemos aprendido a durar pero hace mucho que dejamos de aprender a crecer. Hay que decirlo: la política puede hacer distintos a los iguales y volver iguales a los distintos. Es al menos irónico que todos tengan la oportunidad de cambiar, para seguir estando en lo mismo. Domingo Faustino estaba en lo cierto: “No se matan” (ideas, no indios). Pero se quedó corto. Le faltó agregar: “Solo se compran, venden, alquilan y permutan”.

                   Ser argentino es casi como ser un sobreviviente extremo. Si los mexicanos o japoneses en determinadas épocas de contaminación usaron barbijo, aquí se debería usar, aparte de las abundantes dosis de valium o tetra, un psicoterapeuta de cabecera por habitante. No digo un sacerdote, un pastor o un rabino, porque si bien Dios está, se desconfía de sus intermediarios.

                   ¿Por qué vivimos en crisis? Los individuos más lúcidos solo se limitan a repetir que mejor nos hubieran conquistado los ingleses, que si Perón no hubiera acontecido, que si Dios no fuera tan compatriota, que si nos llamáramos de otra forma para no ser anagrama de ignorantes, que si fuéramos más turcos o menos gitanos, o que si en vez de católicos hubiéramos sido protestantes, seríamos Escandinavia o Australia. Lo dicen como si otros países fueran el paraíso de donde fuimos expulsados nosotros. Están en un error. Alguna vez me dijeron que la sociedad argentina es así por vocación crítica. Tarda más que otras de su misma categoría geopolítica en asumir el sometimiento. Es golpeada y grita, y luego espera el golpe siguiente. Y con una temeridad masoquista alarga su derrota para prolongar la fantasía de que es dueña de su destino. ¿Qué destino? “Si las causas no existiesen (dice un texto empírico), todo sería producido por todo y el azar”. Es decir: si Rosas, si Isabel, si el patillas de la ferrari, si Cavallo, si el retardado del helicóptero, si la Chechu, si María Soledad, si el pluralismo de acá, si el pluralismo de allá, si los catamarqueños y los mismos argentinos no hubiéramos existido, todo hubiera sido como ahora. Es que así somos todos.

    Con cierta liviandad filosófica, hay quienes se empeñan en creer que una crisis es una oportunidad de renacimiento. Omiten que toda la vida es una oportunidad permanente y que es mejor aprovecharla en estado de ánimo feliz y con fuerzas intactas, y no desde la agonía y el subsuelo.

                   El Bicentenario llegará, por supuesto de manera indefectible. Pero para que nosotros de veras lleguemos a él, a estar a la altura de lo que él implica, será preciso reabrir el porvenir a los grandes ideales incumplidos. No se trata de regresar a lo que fuimos. Se trata de entender que se ha hecho de nosotros por ser inconsecuentes con los desafíos que nos imponía la necesidad. La deuda es con el futuro a consecuencia de un pasado desatendido. Y es el presente el que nos habla de esa deuda. Son los pibes de 10 años que piden monedas en la Terminal, quienes exigen que se la salde. Son las mamás de 14 años que adolecen hasta de la propia adolescencia, quienes exigen que se la salde. Son los fieles que acompañan a la Virgen sin atender inclemencias, quienes exigen que se la salde. Son los grupos de amigos que renunciaron al “picadito” del viernes a causa de la droga, quienes exigen que se la salde. Son los miles de ciudadanos que viven aterrados por ésta violencia sin vacaciones, quienes exigen que se la salde. Somos todos los argentinos quienes exigimos.

                   Asimismo, mientras el argentino aplauda la grotesca idea de que ser infiel lo convierte en un “piola automático”, o que quien lo hace es el “macho cabrío” digno de la envidia más noble, seguiremos en crisis. Porque nada más alejado del amor que faltar el respeto en el seno del propio hogar. Nada más risible que pretender trascender socialmente partiendo de un seno contaminado. No se ama con la boca. Se ama con el corazón. Decir y sentir no son sinónimos. No se ama con el bolsillo. Se ama con la acción. Pagar y amar no son lo mismo. Pero hasta que no asimilemos que amor y convivencia deben ser tratados como iguales, será difícil salir de tanta crisis social.

                   La esperanza pide autocrítica. Humilde aptitud para el duelo indispensable ante tanto despilfarro. Es lo mínimo que cabe exigir ante la miseria que devoró nuestros valores más preciados: amor, justicia social, educación pública, formación técnica, salud y trabajo.

                   Es bueno reconocerlo en vísperas de nuestros primeros 200 años de libertad e independencia.

     

     

    Miguel Martín Gómez Amigott

    El Privilegio de ser Niños

    (Publicado en Diario El Ancasti el día sábado 11 de Agosto de 2007)

     

                Sin dudas “niño” es una palabra que por éstos días no entiende de rivales. Se la leerá o escuchará acompañada de adjetivos que los adultos le derraman con la espontánea unanimidad que determina la fecha y su compulsiva necesidad de consumo. Pero claro, es solo un decir: lo que abundan son carencias que consumen deseos. Entre tanta labia y demagogia sentimentales de que somos capaces los adultos, las que tienen por destino a los niños les ganan a las de cualquier otro rubro, incluso al deporte. Pero eso no evita que seis o siete de cada diez niños argentinos sean pobres, o aún peor: pobrísimos. Solo por pudor y respeto a la fecha omitiré extenderme en datos objetivos de una infancia nacional que da vergüenza internacional. Tampoco tanto homenaje discursivo y poético en favor de los niños ha podido evitar, al menos hasta hoy, que una considerable proporción, cuando llega a adulto, se convierta en un fiasco, o todavía en algo mas bajo. Y como tantos que se las dan de virtuosos y sólo tienen la virtud de poder ocultar sus miserias, no es posible saber exactamente si la proporción de adultos indignos de haber sido niños es mayor que la de los que se lo han merecido. Ni se sabrá nunca cuántos de los regalos recibidos en la infancia se deberían etiquetar como “derrochados” por la posterior actuación de sus destinatarios en el papel de grandes. Hay adultos que deberían devolver los regalos y caricias recibidos en tiempos de niñez porque fue una inversión desaprovechada. Si se supiera de verdad en que clase de adulto va a convertirse cada uno, muchos nunca tendrían que haber dejado de ser niños, al menos así, pasarían por inofensivas sus pendejadas. Parece mentira que cuanta canallada adulta anda por ahí nace de un ex niño que a lo mejor cautivaba con su encanto a maestras y vecinos.

                Ya olvidamos o simplemente negamos en que planeta, en que baúl, en que dobladillo del pulóver que nos tejió la abuela, hemos desertado del niño que éramos; a que distancia lo hemos dejado para evitarle regresar cada tanto a entablar algún diálogo con nosotros para recordarnos como fuimos. A veces nos asusta esa vieja foto de la cómoda o el álbum, desde la cual un pequeño desconocido nos sonríe con rasgos como los nuestros, porque somos nosotros, pero desde un atractivo y pureza remotos. Pero mas nos asusta la amenaza latente de que quiera recordarnos aquellos sueños, “los de entonces”, aquellos que hoy contradecimos sin moderación ni culpa y que nos hacen apreciar que “nosotros, los de entonces... ya no somos los mismos”. Convivimos varias generaciones de ex niños con niños actuales auténticos. Somos nosotros responsables de la realidad, no los niños. No se trata de hacerse el nostálgico y en pose de madurez infinita aclarar “eran otros tiempos”, “ahora pensamos diferente”, “no podemos acarrear las ilusiones de un mocoso”, y demás cotorreo sinsentido. Se trata de reproducir en nosotros mismos aquellos niños optimistas capaces de una sublevación de valores absoluta. Desde hace más de medio siglo los consideramos “los únicos privilegiados” y muchos de esos privilegios los recibimos los hoy adultos. Con 26 años yo mismo los recibí todos. Incluso los recibieron los mismos adultos que hoy consideran como necesario bajar el umbral de la edad para castigar con todo el rigor de la ley. Después de todo, se ha bajado el umbral de la edad para matar la inocencia con sexo, para tener hambre, para morirse en accidentes, para engrosar los índices de trabajo en negro. Cuanto mas “pibito” mas moneditas por abrir una puerta, ¿o no? Se ha bajado la edad para todo: para ser malos o pobres o víctimas. O todo eso junto. Hasta el prejuicio les bajó la edad: “dos añitos y ya pinta cartonero”. El riesgo es que un día, por bajar tanto, ya no se considere niño a nadie. ¿Qué va a pasar ese día? No me importan los jugueteros. Hablo de nosotros, los adultos: seremos ingratos traidores al pasado sin poder transferirles a los niños el contrato que incumplimos. Ese mismo que nos hablaba de darles privilegios.

     

     

    Miguel Martín Gómez Amigott

    December 04

    Esperando la Copa América

    (Publiqué éste articulo el día 27 de Junio de 2007 en Diario El Ancasti - Antes del inicio de la Copa América donde Argentina terminó segunda detrás de Brasil - Estaba tan entusiasmado... - Maldito 3 a 0)

     

                La noticia más contemporánea nos ubica sobre un verde césped en Venezuela, enrojecidos del delirio que provocan 22 multimillonarios corriendo detrás de un balón. Pero el evento es un poco más que eso. Es algo así como una irresistible satisfacción no necesariamente acompañada por el conocimiento ni por ninguna justificación moral ni prioritaria. Solo acontece, como el sol o el deseo, o como estas letras sin sustento teórico.

                Aún en un país de lágrimas, aún en una provincia de carencias, el fútbol es capaz de reír. De reír sin producir discriminaciones entre sonrisas de dientes caros o rostros sin dientes perdidos en la vida por falta de odontólogo o dentífrico. Es el circo que unifica la convocatoria de la que son incapaces todas las disciplinas aparentemente juiciosas y científicas que nunca logran sacarnos del error y el fracaso. Podría decirse que aún a riesgo de perder el lugar en la fila de los planes provinciales de empleo y/o jefes de hogar muchos se quedarían en sus casas o en el bar de la esquina frente al televisor, sólo por ver a la representación argentina de fútbol porque tienen la seguridad de que los representa. Y porque le adjudican a ese equipo, cuya camiseta ya tiene igual simbolismo que la bandera, el escudo y la escarapela juntos, más autenticidad y mejores consecuencias que las que desvirtúan a diario las representaciones institucionales de cualquier rubro.

                El contagio universal del fútbol nos enferma y a la vez nos cura: no hay desempleo, corrupción o funcionario mentecato que sean impermeables a su efecto cascada. Hasta los piqueteros, los quejosos, los pobres hambrientos, la indiferente jarana de los factores financieros que vienen ganando a lo sátrapa y nunca acaban de saciarse, los senadores versus vicegobernadores, los justicialistas versus sindicalistas versus peronistas, los plumíferos versus los de la mitad mas uno, los colegiados versus los cortesanos, los apoltronados hijos del poder, los mediocres afortunados, los desafortunados, los no tan mediocres, los canallas, los decentes… serán todos desplazados de la escena. El negocio es millonario, si. Pero la pelota no se mancha.

                “Fútbol” se ha convertido en una palabra de cambiante y de enriquecedora sonoridad fonética, y según el foro donde se manifieste adquiere variada oralidad: fútbol, fúlbo, fúbo, fóbal, fúchibol… y que nada mas que apreciando la característica psicosocial del emisor se entiende con mayor claridad que si la explicara un genial académico. Es curioso que siendo un juego que se practica casi todo con los pies, logre subir al alma tan rápido como un reflejo de Favaloro al corazón.

                No se trata de un escrito demagógico, ni cargado con ánimos de inquietar espíritus racionales, ni mucho menos con el objeto de violentar la ética que exigen épocas tan difíciles, sino de una repentina revelación: Acabo de descubrir que el fútbol es el último lugar del salvamento espiritual y el último reservorio de una identidad que, en todo lo demás, fue desapareciendo hasta quedar esto que queda de cada uno. No me pregunten que nos queda porque no tengo lupa ni microscopio. Pero entre tantas pérdidas, la gente quiere creer que todavía tiene alguna propiedad a salvo del saqueo. Y como a Enrique Pinti le quedan los artistas, a nosotros nos queda el fútbol. Los que no tienen ni casa, ni pan, ni ganas de nada porque se las arrebatan apenas nacen, los que sufren en su propia piel el frío de sus hijos, los que hurtan migajas por la obligación de sostener familias, los que hurtan fortunas para vacacionar en Punta, se ven de pronto propietarios de un poder que no los segrega, de un poder democrático que les corresponde a todos por partes iguales y que en la victoria o la derrota produce el más justo efecto distributivo sin que nadie pueda robarse la mejor parte. Seguramente algunas inquisidoras neuronas racionales me acusarán de querer sustituir cabeza por pelota. Y lo dirán como si el relevo fuere perjudicial en lugar de ventajoso, cuando es todo lo contrario. La pelota es para la Argentina el único elemento que ha logrado instalarse en éstos tiempos de aldea global en el rango de primer mundo. El fútbol es un espléndido espacio de autoridad desde donde los argentinos participamos de la elite a la par de los más grandes, infundimos respeto y aún temor, somos imprescindibles para cualquier diálogo, irresistibles para el monólogo, aparecemos como líderes y ostentamos un status de prosperidad y organización envidiables. A diferencia de la desesperada ironía argentina, de ciudadanos cacheteados por la desilusión que se dedican a cobrar estacionamientos, limpiar baños, madrugar sobre cajones de aceitunas vacíos y emplearse como pueden bajo contratos de risa, por no decir de llanto, nuestros futbolistas se cotizan en idioma millonario y “dominan todas las franjas del mercado”, como les gusta decir a los economistas.

                Intelectuales, poetas, filósofos de todas partes dejaron atrás aquel anacronismo separatista de que el fútbol responde a las pasiones inferiores y a inclinaciones distractivas y superficiales. Funciona como enamorarse: responde a lo inconsciente. El show de un gol como el de Maradona a los ingleses, el idéntico de Messi, el primero de Juan Román a Gremio, o incluso el 5 a 0 global, en su traducción a otro género alcanza la misma intensidad estética que un inspirado “Túnel” de Ernesto Sábato, “Los Girasoles” de Vincent Van Gogh, o el vuelo infinito de Julio Bocca.

                Que Argentina haya conquistado dos copas mundiales, una en tiempos de fatal pesimismo (1978) y otra en épocas de esperanzas (1986), quiere decir que el fútbol como el arte, está en otro umbral de la realidad: la trasciende, la embellece. Es lo más parecido a una religión. Por eso se proclaman: “la mano de Dios”, “barrilete cósmico”, “le pegó como los dioses”, “la tiró a las nubes”, “se elevó como parábola”, “arderás en el infierno de la derrota”. Incluso cuando opinan las amas de casa “ese jugador tiene carita de ángel”, “es un pedacito de cielo”. Y un jugador puede ser endiosado, castigado o crucificado. Un vendido como Pilatos. Un bendecido como Lázaro. El fútbol es desde hace tiempo para los argentinos la mejor forma de la piedad que Dios debe haber ideado para compensarnos.

                Y entre tanta lástima reinante, como si el asesino era un hijo gay o un marido despechado, si es mejor ser pobres a cargo del Fondo Monetario o ser pobres resistiéndose inútilmente, si es razonable tanta pornografía en la tele, si es posible que un empresario guíe a una ciudad como a un club, si es lógico tanta mano en la lata en el poder, tanta torpeza para legislar y tanta ignorancia para juzgar, la del fútbol es historia verdadera.

                Algo así como el último lugar de la verdad en un país que no logra salir de la mentira. Vamos Argentina todavía…!!! Porque sin ser campeones ya somos protagonistas. Que irrefutable verdad.

     

     

     Miguel Martín Gómez Amigott

    Exclusivo para Padres

    (Publiqué éste articulo en Diario El Ancasti el Día del Padre de 2007)

     

                La biología es dictatorial. Desde niños sabemos que el padre viene segundo porque primera es la madre. Y en ese razonamiento, madre siempre hay una sola, y como padre puede haber otro. La mamadera nunca será papadera y aunque el miedo pueda ser un susto padre uno siempre pide por la madre. El matrimonio es por ella, el patrimonio es para ella. El complejo de mayor rating es el de Edipo, y en los momentos mas cruciales se invoca más a la madre que al padre: “Madre mía”, “mamma mía!”, “la grandísima madre…”, o bien, “madre patria”, “madre tierra”, “reina madre”.

                El bebé sabe que mamá está antes que papá. Ese destino de segundo hizo al padre más austero en asuntos sensibles. Para que matarse besuqueando a sus hijos si al final siempre gana la madre. Ventaja indescontable, que ni secuestrando la bolsa del propio Papá Noel, facilitando las llaves del auto o cediendo una extensión de la tarjeta, se logra emparejarla. Aunque el cartel estelar del hogar lo comparten ambos, la estrella es la madre. Para no desairarlo le concede algunos privilegios formales: jefe de familia, cabecera de la mesa, quien lleva las riendas y usa los pantalones. Pero quien cocina mejores milanesas siempre es ella. “¡Ah! Si lo supiera tu padre”, urde a sus espaldas para que el hijo en falta sea su cómplice. Con lo cual el padre no se entera de ese amor secreto que traman madre e hijo.

                Hoy es el padre quien recibe las ofrendas y regalos que en definitiva él mismo paga. Igual que en el día de la madre, en que todos salen a comer al restaurante para que ella no cocine, y como en el día de la madre, también pagará el padre. Y si no van al restaurante hace el asado para todos porque… es el día del padre. Lo hace con gusto. Nació para eso desde cuando cazaba dinosaurios y además tenía que carnearlos y cargarlos al hombro hasta la cueva. Pero al llegar la madre protestaba porque no sabía elegir los mas tiernos, sin descontar que los mas tiernos siempre tenían los dientes mas grandes. Si cazar dinosaurios no era fácil, tampoco lo es tener trabajo hoy como para que viva una familia.

                Ser padre argentino por estos tiempos es una hazaña importante. Incluso superior a ser madre o hijo.

                Por un instante, mientras lo miman en su día, al padre se le cruza la frustrada utopía de que si no fuera por la madre él sería el primero. Pero que para ganar ese lugar, debería resignar sus costumbres de padre y señor mío, y eso no lo hace ningún padre que se precie. Por eso, para no armar ningún lío de padre y señor mío, asume su lugar detrás de la madre. Las feministas, que también tienen padre, con tal de no celebrar a un varón son capaces de olvidarse de éste día; pero al padre no le importa porque ama a todas las mujeres a partir de la madre.

                Que haya un día del padre es un extra, una compensación social, la ilusoria idea de que entre él y la madre hay un empate. Nadie se lo cree. La madre es la dueña del dolor, al padre sólo le queda el papel de evitarlo. La madre es la dueña de la felicidad, al él sólo le dejaron el papel de asegurarla. Son socios en la empresa del hijo, pero la acción de oro, la tiene la madre.

                Aunque sea por ésta vez quisiera ser justo y decir que el amor del padre es el mas grande. Hace mucho, al empezar el mundo, tuvo en sus manos el usufructo de la eternidad y la felicidad del Paraíso, pero eligió arriesgarse a copular y crear hijos. Y pagó la temeridad de seducir a la madre desoyendo la veda. Apostó a una manzana sabiendo que por amor lo perdía todo. Ganó la madre: se quedó con el hijo dentro de ella. Pero por estrategia y piedad le hace creer a él que es ella la que pierde.

                Que las madres no interfieran. Hoy es un día exclusivo para padres.

     

     

    Miguel Martín Gómez Amigott